Esta Tribu R.A.P. es sobrehumana.

Tami EcuadorQuieren ser hijos de los dioses del aire, del sol abrasador, de la Tierra viva y respirando, bebiéndose, gota a gota, día a día, el sudor de sus cuerpos, la magnitud de sus sueños.

Frank Kafka reconocería aquí a los hijos de Gregorio Samsa, su hombre-insecto caminando boca arriba, subiéndose por las paredes y los árboles.

El colibrí a sus hermanos del alma, que vuelan de la tierra al cemento, con una liviandad que sólo da el desapego del que viaja ligero de equipaje  . Del que se vacía de todo lo hallado para volverse  a llenar.

Aquí las telas y las cuerdas queman, dejan registrados en los cuerpos sus huellas, que rozan la piel a una velocidad de vértigo.

La Danza que exige Lobsang nace del nepalm, de un incendio que ardió en los cuerpos de niños, mujeres  y hombres, que nos siguen quemando en cada gesto brutal de la humanidad.

En la gestualidad de la Danza Butoh viene el llanto desnudo de  niñas corriendo, a la que se les pegó la ropa al cuerpo para siempre.

Viene de las cuencas vacías de ojos que aún siguen buscando paisajes, que se borraron en un instante  de luz amarga.

Esta Tribu de 40 almas busca rescatar de la memoria colectiva un acto psicomágico común,  que trascienda los límites, y desafiar a esa muerte “que no vale un centavo en ningún lugar del mundo”.

La poesía es un arma cargada de futuro, decía en la post-guerra española el poeta Gabriel Celaya, cuando ninguno de estos seres entre los que camino hoy soñaban siquiera con llegar al mundo.

Esta Tribu trae en la mirada, en los gestos, en la olla común que comparten en la hora del  descanso,  el acto poético diario, la pasión por ganarle al miedo, a la ignorancia, a la indiferencia.

Se les va la vida en ello, en el placer de  beber de las enseñanzas de Simón, comer del pan de la pasión y   la fuerza de Pamela, y desmembrarse para volver a erguirse con Lobsang,  para así  despertarnos del sueño de la muerte.

                                                                                                                                                Mónica de Pablo